Senegal

25 may 2011   //   por Teresa Agudo   //   Archivado en: Blog, Viajes Espaciales  //  2 Comentarios

Hace unos años me adentré en la literatura africana, en especial novelas de escritoras de Nigeria, Ghana, Senegal, entre otros países, y me enamoré de Senegal, a través, fundamentalmente, de Mariama Bâ (1929-1981 Dakar –Senegal-) entre cuyas novelas se encuentra “Mi carta más larga” (1979), y de Fatou Diome (1968 Île de Niodior -Senegal-), que escribiera, entre otras muchas, “En un lugar del Atlántico”, cuyas lecturas recomiendo. Tanto fue así que programaba viajes a ese país constantemente, mas mis obligaciones me impedían realizarlo. Pero esta primavera mis deseos se hicieron realidad y hemos estado unos días en Senegal Teresa Alba y yo para encontrarnos con un grupo de mujeres que bien merecen le dediquemos nuestro apoyo, pues tienen sabiduría, trabajan incansablemente, pero ni una ni otro remedian sus enormes dificultades, no para llegar a fin de mes, sino para algo tan esencial como comer y habitar en una vivienda digna.

Las novelas de estas escritoras me proporcionaron un relato muy valioso de las mujeres africanas. Eran, son, historias de vida, algunas veces, o, en parte, autobiográficas, o autobiografías ficticias, que analizan, con una mirada crítica, en ocasiones extremadamente dura, la realidad sobre la emigración, de la aldea a la gran ciudad, de su país a Europa o EEUU, incluso el exilio en su propia tierra, y promueven una interesante reflexión sobre las sociedades africanas en torno a temas como la poligamia, la prostitución, la maternidad, la educación, la formación…, referencias que he podido constatar en vivo y en directo.

En este primer post me gustaría hacer una pequeña reflexión sobre la emigración de las mujeres africanas. ¿Emigran? Y si lo hacen ¿por qué? La respuesta inmediata que daríamos sería la de huir del hambre, de la miseria en la que viven en sus países, arrastradas por sus maridos que han llegado antes y han encontrado trabajo, sin preguntarnos siquiera por qué viajamos nosotras. En una ocasión leí en un periódico de tirada nacional una tribuna de una chica brasileña que contaba sus peripecias para permanecer en nuestro país y afirmaba que a menudo tenía espantosas pesadillas a cuenta de los papeles, soñaba que la policía iba a su casa a buscarla para expulsarla, y que en una de esas ocasiones se dirigía al funcionario casi suplicando: “No me puede expulsar del país, no es justo. Yo sé que hay gente que tiene motivos mucho más importantes para estar aquí: enviar dinero a su familia, escapar de una guerra, no morirse de hambre… Mi argumento no es el mejor, pero es el más escueto: yo simplemente quiero estar aquí”.

Pues eso, las migraciones se producen por muy diversos motivos, incluso por el que argüía la chica brasileña, porque sí, porque quiero estar aquí. Aunque es cierto que en la mayoría de las ocasiones el viaje se realiza por razones económicas, para escapar de la pobreza, en muchas otras las mujeres africanas viajan por distintos motivos: Escape de la violencia de género, en un sentido amplio -falta de oportunidades, imposiciones de roles de género, control social, asfixia cultural, violencia física o psicológica-, búsqueda de un cambio o promoción social, motivaciones culturales y/o políticas, etc.

El idioma, el color de la piel, la cultura, son elementos integrantes de una inmigración de la que constantemente hablamos y de la que ignoramos casi todo. Pero no se trata de todas las lenguas –inglés, francés o alemán, no nos incordian-; no se trata de todos los colores de piel –el blanco no nos molesta-; no se trata de todas las culturas –la occidental no nos importuna-. ¿De qué hablamos entonces? Hablamos de una parte de esa inmigración que tiene una lengua extraña, que tiene un color diferente, que tiene unas costumbres distintas a las nuestras. Hablamos de una parte de esa inmigración que se considera nos crea un grave problema de convivencia y de minoración de nuestro nivel de vida, que nos quita el trabajo, que masifica nuestro sistema de salud, que da mal ejemplo a nuestras niñas en las escuelas. Si excluimos a la mayoría de los países europeos, estamos hablando realmente de la inmigración hispanoamericana y africana. Respecto de esta última, en Europa residen en torno a unos cuatro millones de personas africanas, de las que un 80% son marroquíes. En España, de casi cuatro millones de inmigrantes en el censo a 31 de diciembre de 2007, sólo el 21,15% procede de África, y de este 21,15%, un 16,31% son marroquíes. Por tanto, la emigración Subsahariana representa a nivel europeo menos de un 20% de la población emigrante africana y en España se reduce a menos del 5%, porcentaje, además, en el que las mujeres son minoría. Ello no quiere decir que las mujeres africanas, y en concreto, senegalesas, no emigren, lo hacen, pero dentro de su propio continente, o del campo a la ciudad, en busca de las oportunidades que no encuentran en su aldea o país.

¿Quiere decir que el África Subsahariana emigra poco? Según Sami Naïr, hay que distinguir entre el África “blanca” (Egipto y Magreb) que se dirige, sobre todo, hacia Europa y EEUU y el África “negra”, subsahariana, que aún cuando orienta su población hacia Europa –Ghana, Nigeria y Senegal son los principales países emisores de la emigración del África occidental hacia Europa y representa la mitad de los flujos migratorios subsaharianos- conoce importantes flujos migratorios internos: de las zonas rurales hacia las ciudades, de las zonas en guerra hacia las zonas en paz, de los países más pobres hacia los países ricos. Las migraciones africanas son, pues, más horizontales (intraafricanas) que verticales (extraafricanas) y muchos países son a la vez países de inmigración y emigración, en función de los cambios políticos y económicos.

Por tanto, no estaría de más recordarle a muchos dirigentes políticos europeos, y, entre ellos, españoles, que abandonen sus tan repetidos argumentos de que sus países no pueden acoger a toda la miseria del mundo –en referencia a África-, pues la realidad es que más del 75% de la población migrante africana vive en países del continente africano.

Mariama Bâ, en “Mi carta más larga”, nos habla de la mujer senegalesa que se queda en su tierra natal, pero que, como dice Lucía Benítez Eyzaguirre, vive su particular migración hacia el cambio, hacia otras propuestas sociales menos opresivas, y otra mujer senegalesa, su íntima amiga, a quien dirige su misiva, emigra “por dignidad”, para huir de las costumbres, de la moral antigua, de leyes anticuadas, que someten a las mujeres africanas. Aïssatou, a quien dirige la carta la protagonista, Ramatoulaye, se marcha a EEUU con sus hijos, abandonando al marido que había contraído nuevo matrimonio, porque no acepta la poliginia, se marcha, dice, “vestida con el único hábito válido, el de la dignidad”. EEUU no es, en este caso, Eldorado, es simplemente un destino de quien huye de costumbres ancestrales, el destino de quien huye de la violencia psicológica que implica la poliginia para una mujer educada en otros valores. Porque esta decisión es posible debido a su formación, a su educación. Formación y educación que se produce en el Senegal colonizado y gracias a la cual pudo marcharse a EEUU y vivir holgadamente.

No pretendo en modo alguno defender la colonización del continente, ni mucho menos, sólo quiero manifestar que la educación, la formación, es imprescindible para que un pueblo pueda prosperar, y lo que he leído y ahora he visto es que las mujeres senegalesas, que son las que realmente trabajan en su país, las que mantienen a la familia con su interminable jornada de trabajo y que lo dan todo a cambio de nada, necesitan nuestras aportaciones, no económicas, que también, sino nuestra colaboración en esos trascendentes aspectos. Una mujer senegalesa educada en valores universales y formada para llevar a cabo un oficio, profesión o actividad económica de forma eficiente y eficaz es capaz de conseguir los cambios que la sociedad en la que vive necesita, en su propia tierra, sin necesidad de emigrar, porque si a su fuerza, tu tesón, su amor por la vida y la gente, su alegría, su pertinaz esfuerzo porque sus hijos coman cada día y estén sanos, se le une su educación y formación, nada le será imposible. Esto es lo que he visto, la fortaleza de unas mujeres que, pese al entorno de miseria en el que viven, intentan que sus hijos, niños y niñas, vayan a la escuela y no pululen por las calles mendigando, mas se ven obligadas, en la mayoría de las ocasiones, a llevarles a la escuela coránica, pues no tienen enseñanza pública y gratuita, educación coránica que no es precisamente la que necesitan los pueblos para prosperar. Estas mujeres son capaces de conseguir el crecimiento económico y el cambio social de sus pueblos, si las ayudamos en ese quehacer.

Teresa Agudo López

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